—Dos de tres —escuchan a Jonas.
—Lo siento, lindura —se burla Kansas—. Hay que aprender a perder —se jacta.
—No quieres jugar otro porque sabes bien que solo tuviste suerte —espeta Jonas no queriendo reconocer su derrota.
—Eso no lo sabremos —Se eleva de hombros sin dejar de sonreír—. Ahora me debes —le hace saber.
—¿Qué? Pero si no jugamos por nada —farfulla Jonas.
—Siempre se juega por algo —asevera.
Jonas deja el taco sobre la mesa de billar y con movimientos calculados se acerca a ella.
—¿Y