Piero y sus hombres ingresaron con prontitud al lugar. Hallaron a Alma y Alina atadas a unas sillas. Un olor desagradable a quemado le hizo doler el pecho. Había sangre en la ropa de Alma y se la veía medio desmayada. Alina estaba a su lado llorando. Les hizo un gesto a tres de sus hombres que fueran en busca de sujeto que las había lastimado. Él cuidaría a las chicas.
—Tranquila mi amor. Estoy contigo— cortó las cuerdas que amarraban sus miembros mientras Félix, uno de sus hombres, hacía lo mi