Mundo ficciónIniciar sesiónAnastasia.
En cuanto él intentó tocarme, algo dentro de mí se rompió.
—¿Quién demonios te crees que eres? —dije, conteniendo el grito.
Sus ojos azules me miraron con sorpresa. ¿No esperaba eso? Obtendría algo peor.
—Señorita Everhart… No debería alterarse.
Su tono calmado, casi indiferente, me revolvió el estómago. Me despegué de la pared, avancé, con el pecho subiendo y bajando. Me acerqué a él. Solo a pocos centímetros.
No sabía si temblaba de rabia o por su cercanía.
—¿Tiene relación con Lucius Vane? ¿Es su hermano? —cuestioné, por dentro anhelando una respuesta negativa.
Él hombre prensó la mandíbula, noté cómo se tensó.
—Sí.
Abrí la boca para hablar, parpadeé. Era absurdo, humillante.
—¿Él lo envió? —Arrugué la cara, tan furiosa—. ¿Estuvo vigilándome? Esa noche en la fiesta…—Sacudí la cabeza—. Usted estuvo jugando conmigo, sabía quién era, y usó eso para traerme hasta aquí. Me mantuvo trabajando en la Academia. ¿Este es un maldito juego o algo así? ¿Su hermano está del otro lado de la puerta? ¿Por qué estoy aquí? Hijo de…
Corté la frase, intentando encontrar mi respiración. Lo único en que podía pensar era que Lucius había confabulado con su hermano para que mantuviera en Londres, para que me regresara a Nueva York en cuanto yo alcanzara cierto nivel de fama y aprovecharse de mí. ¿De qué otra forma esto tenía sentido?
El rubio tragó hondo. Sus manos “incontrolables”, se mantuvieron en sus bolsillos del pantalón.
Demonios. No tenía que estar pensando en querer ver esas manos y cómo se sentían contra mi piel.
—Si respira y toma asiento, le diré toda la verdad —dijo, con firmeza—. Le prometí que nos veríamos de nuevo, que no podía revelar mi identidad en ese momento, pero aquí estoy.
No podía. Tenía que salir de allí. Era un manipulador, al igual que su hermano.
Entonces me di la vuelta, caminando con pasos apresurados hacia la puerta.
—Bloquear puerta de sala de juntas para todo el personal —su voz grave hizo eco.
—Puerta bloqueada —dictó una voz robótica.
Me congelé en el momento en que quise poner el carnet en el lector. Erizada, temblando, igualmente lo coloqué.
“Acceso denegado.”
Pisé con fuerza.
Me crucé de brazos y me giré para encontrarlo ahora sentado en el extremo de la mesa.
—No tengo nada que hacer con usted aquí. No quiero escucharlo. A ningún Vane. Mucho menos a usted. ¡Abra la puerta!
—La abriré cuando me escuche, señorita Everhart.
Sus ojos azules me miraban con cierto toque de intriga.
Volví a erizarme.
Miré el cristal y por un estúpido momento pensé en lanzarme. Demonios. Estaba tan molesta y tenía tanto miedo: de que pudiera manipularme, de que apareciera Lucius, de las imágenes oscuras en mi mente recordándome su respiración agitada y cómo se sentía dentro de mí.
Caminé, lento, y me senté en el otro extremo de la mesa.
Demonios. Tenía que respirar. Iba a darme algo.
Leo… ¿Leónidas? Como sea, se levantó solo para sentarse a mi derecha. No pude moverme.
—La conocí a través de unas fotos. Las de su boda con Lucius —comenzó—. Sé de lo que es capaz mi hermano. Sé lo que le hizo a usted. Así que la ayudé a llegar a Londres, a mi Academia, para que pudiera seguir estudiando y trabajara para mí —dijo, haciéndome mirarlo con sorpresa.
Quería creerle, y eso me asustaba.
No sabía qué responder. No tenía sentido para mí. Mi corazón estaba tan acelerado. Él continuó:
»La vi crecer como artista. Tengo más de sus pinturas. Es cierto que amo su arte. No quiero aprovecharme de usted ni apagar su brillo, Anastasia. Quiero que tenga muy claro eso. No soy como mi hermano. Jamás robaría su trabajo, ¿entiende? —dijo, mirándome con profundidad.
Tragué hondo. Esto era demasiado.
—Usted no me ayudó a llegar a Londres, fue mi profesor, Samuel.
Lo recordaba. Samuel me había escrito varios correos. Yo pude verlos cuando escapé de la mansión.
—Conozco a Samuel. Fui yo quien lo llevó a Londres para que pudiera llevarla a usted —confesó mientras mi pecho se llenaba de un calor extraño—. No tengo una buena relación con mi hermano. Sé que es un farsante, hace eso con todas sus parejas; las hace creer que son musas y las convierte en esclavas. Quería sacarla de allí, Anastasia. Con suerte respondió los correos del profesor Samuel.
Mis ojos se llenaron de lágrimas. Apreté los puños bajo la mesa. Al final del día había salido de una trampa para caer en otra, aunque la segunda me había permitido crecer, se sentía tan mal.
Leónidas me había estado vigilando, ¿acosando? Y luego me llevó a su cama también. Eso no era normal.
—¿Y qué quiere? ¿Que le dé las gracias? —Lo miré, molesta—. Gracias. Ahora… No quiero estar en Nueva York. Quiero volver a Londres. Y no me importa si no me deja volver a la Academia. Ya no tiene que seguir “protegiéndome” más, o lo que sea que cree que está haciendo.
Él se inclinó un poco. No me moví. Lo miré, sintiendo cómo mi cuerpo estaba gritando para acercarme. Luché contra eso. Era una locura. Ya que sabía todo esto. ¿Por qué seguía pensando en nuestro encuentro?
—La necesito aquí en Nueva York, Anastasia. Prometo que mantendré su anonimato como está, pero la necesito aquí. No solo porque usted es capaz de hacer prosperar esto, sino porque tengo muchos más planes a futuro.
—Solo soy una instructora —refuté—. No tengo idea de cómo dirigir o coordinar una empresa. Déjese de estupideces y dígame de una vez, ¿qué es lo que pretende?
Creí ver una pequeña sonrisa. Como si le gustara el hecho de que lo hubiera atrapado.
Lo sabía. Había un plan grande. Me quería usar para algo.
La decepción me golpeó mucho antes de escuchar sus palabras.
—Quiero hacer justicia por usted, Anastasia. Y por todas las mujeres y hombres que mi farsante hermano engañó. Les debe toda su carrera a esas personas. ¿No cree que debe pagar?
Mi corazón dio un vuelco. Sí. Claro que tenía que pagar, pero ya no quería tener nada que ver con él. No quería siquiera verlo en los periódicos.
—¿Por qué no se encarga usted mismo? ¿Por qué me necesita?
Nuestras miradas permanecieron en otra. Podía sentir cómo lo inevitable crecía en medio de mi conflicto.
—Necesito usar a Stacy realmente.
Me ericé. No iba a ser usada nunca más.
E iba a cumplir con mi promesa incluso si eso significaba que este hombre le revelara al mundo mi verdadera identidad.







