¿Coincidencia o pesadilla?

Anastasia.

El fin de semana pasó de un borrón, aunque debo admitir que los recuerdos de lo sucedido la noche del viernes me hicieron entrar varias veces en un lapsus oscuro.

No paraba de pensar en lo ocurrido con aquel hombre. Me dolía cada fibra. Había valido la pena por el placer, pero había dejado estragos en mis sentimientos.

Estuve repitiendo todo mi recorrido hasta mi actualidad. Había crecido bajo la tutela del profesor Samuel. Me gradué y vendí mis primeras pinturas. Hice el dinero suficiente como para pedir el divorcio a Lucius sin necesidad de verlo a la cara.

Pero aunque ya habían pasado cinco años desde la última vez que lo había visto, todavía podía sentir que tenía alguna especie de poder sobre mí; pues me había mantenido alejada de los hombres, para no correr el riesgo de ser nuevamente manipulada, para no salir con el corazón roto, para pasar desapercibida, cuidar mi carrera y no exponerme.

Porque no quería que me encontrara.

El día lunes llegué un poco tarde a la Academia de Arte. Karen me cuestionó cómo siguió la fiesta el viernes, solo respondí que “igual”, y nos pusimos a trabajar.

Instructora Anastasia Everhart para estudiantes de entre 12 y 15 años. Les ayudaba a encontrar su voz, su arte, en el ámbito de la pintura, claro.

En cuanto mi clase terminó al mediodía, fui al baño. Estando en el espacio reducido, respiré hondo.

Era suficiente. No podía permitir que Lucius se metiera de nuevo en mi mente.

Más que Anastasia, era Stacy. Y Stacy era fuerte, arrolladora, sin miedo al éxito.

Debía aferrarme a eso. Siempre.

Salí del baño y me encontré con Karen.

—¿Ana? —me llamaron, por lo que volví a mi realidad.

—No vas a creerme —dijo, como en secreto.

—¿Qué ocurre?

—Hace un rato, escuché a Sabrina hablar por teléfono con el director de la Academia. Luego caminó furiosa alrededor de la oficina. Y ahora… ha mandado a llamarte.

Parpadeé, confundida. Sabrina era la coordinadora de la Academia, el verdadero director y jefe, nadie lo conocía. Entonces, ¿qué le había dicho ese hombre a Sabrina para que se pusiera así y luego invocara mi presencia?

Vamos, yo solo era una instructora. Ni siquiera Sabrina sabía que yo era Stacy.

Una vez que llegué a la oficina de la rubia, sus ojos verdes se clavaron en mí. Pude ver y sentir cómo la ira brotaba de ella. Nunca habíamos tenido ningún problema, esto era muy extraño.

—Anastasia… Tengo buenas noticias para ti. Haz recibido un ascenso. Como Coordinadora en la recién construida Academia de Arte Rembrandt.

Me congelé.

«¿Qué? ¿Yo? ¿Coordinadora? ¿Pero por qué?», pensé.

—Señorita Calvaire… Estoy… Asombrada —dije, llevándome la mano al pecho—. Y agradecida, pero… ¿A qué viene esto? Tengo mi vida aquí, y no he escuchado que se ha construido una nueva Academia en la ciudad.

—Está en Nueva York —respondió, seca.

Mi corazón se detuvo, ahora sí.

No.

No podía aceptar esto. Tenía mi vida aquí, todo.

Y no quería tomar el riesgo de cruzarme con Lucius de nuevo. De ninguna manera.

Sacudí la cabeza.

—Me temo que debo rechazar su propuesta, lo…

Ella apretó el puño sobre la mesa.

—Es una orden de nuestro jefe y director, señorita Everhart.

Parpadeé, más confundida.

—Lo siento, pero… Creo que debería hablar con él, decirle que no estoy interesada en…

—Él sabe quién eres —interrumpió, y luego bajó la mirada, dudando—. Dijo que si no estabas segura de irte, tal vez... tal vez debería hablar con Stacy.

Jadeé.

¿Qué? ¿Sabrina lo sabía? ¿El director también?

El escalofrío que me recorrió por pensar que todo el mundo lo supiera me hizo querer llorar. Pero me controlé.

—Sabrina…

—No quiero perderte, Anastasia, eres mi mejor instructora. Demonios. Pero no puedo hacer nada. Tienes un vuelo a Nueva York esta misma noche. Él enviará el boleto y todo lo que necesitas en un momento.

Era una amenaza. Este director era un desgraciado. Si no iba a Nueva York, le revelaría al mundo quién era yo en realidad. Y no podía permitirme eso. No quería que la gente se acercara por mi fama, por mi talento, solo quería tener conexiones reales.

Al contarle todo a Karen ella sollozó. Nos tendríamos que separar. Era horrible. Me había apoyado en ella, la única que se suponía que sabía mi identidad. Ella juró blasfemar al director en cuanto lo viera en persona, yo solo reí, sin ánimos.

Mi destino estaba siendo redirigido por un hombre al que no conocía, y pensar en la fiesta, lo hizo aún peor.

El director cumplió con su promesa. Me envió un boleto de avión en primera clase, un carnet con mi foto, mi código, para usarlo en la nueva Academia. Apreté el carnet en mi mano detestando este control sobre mí.

Recogí todas mis cosas, las necesarias, y preparé algunos correos durante el vuelo para finiquitar lo demás, con ayuda de Karen también.

Estaba dejando mis materiales, mi espacio de trabajo, mi lugar seguro. Y se sentía como si me estuvieran arrebatando la vida entera.

Quería abofetear a ese hombre.

Ni siquiera pude despedirme de mis alumnos, y eso dolía.

Al llegar al aeropuerto de Nueva York intenté caminar con determinación, pero sentía que cada paso estaba por desviarse, caería si no respiraba. No me sentía en casa. Yo había huido para jamás volver y allí estaba.

Era una pesadilla.

Me esperaba una SUV. Y ese conductor me llevó a un lujoso penthouse en el corazón de Tribeca, uno que seguro se valoraba en al menos unos 4 millones de dólares. Una exageración, a decir verdad. Era demasiado grande para mi gusto, pero fui recibida por el gerente y me di cuenta que lo habían comprado, para mí.

El penthouse de hecho, tenía una habitación privada pequeña, con miles de materiales para la pintura artística.

Asombrada, pero también agitada, me acerqué a una hermosa caja dorada.

No quise destaparla. Tenía una nota.

"Espero que Stacy disfrute trabajar con eso. Son de la mejor calidad."

Este hombre me estaba comprando.

Recibí un correo esa noche.

“Espero que haya tenido un buen viaje y disfrute su nuevo hogar. Su conductor estará pasando por usted a las ocho en punto de la mañana. Nos vemos, señorita Everhart.”

No había firma, el correo tenía el mismo nombre de la nueva Academia.

No le respondí. Solo me tumbé en la gran cama, sabiendo que debía manejar mi temperamento el día siguiente.

Las horas pasaron, y no pude dormir nada. Me preparé. Amarré mis rizos con una gancheta en una cola de caballo, me maquillé profesionalmente, usé un conjunto de blazer color vino, tacones de igual color.

El conductor me esperaba, no le dije una palabra. No tenía ánimos.

Unos minutos después mi boca se abrió en sorpresa. La Academia Rembrandt era mucho más grande y lujosa de lo que esperaba.

El conductor me abrió la puerta, luego el portero me guio hacia dentro, la recepcionista me dio una cálida sonrisa, llamándome por mi apellido. Dijo que me estaban esperando en la sala de juntas, en el último piso.

Subí al ascensor, con el corazón latiendo a mil. No podía ser tibia con este tipo, pero tampoco fría, debía ser una estratega. Sí.

En cuanto llegué, usé mi carnet para que las puertas de la sala de juntas se abrieran. Pero en cuanto lo hicieron, me congelé.

Había un hombre de espaldas mirando el horizonte a través de los cristales.

Rubio, con un porte recto y… Se giró.

Sus ojos azules chocaron con mis marrones y contuve el jadeo mientras mi piel se erizaba.

Este… No.

No podía ser el mismo hombre con quien me había acostado en la fiesta.

Pero esos ojos eran demasiado idénticos a los que me habían penetrado el alma.

—Señorita Everhart, es un placer verla de nuevo —dijo, con voz grave y controlada, acercándose mientras yo intentaba no desmayarme—. Mi nombre es Leónidas Vane, y espero que podamos ser un gran equipo en este nuevo proyecto.

Muchas cosas me golpearon e hicieron clic en mi cerebro congelado.

Tuve que sostenerme de la pared para no desfallecer.

Sabía que Lucius tenía un hermano, pero jamás lo conocí.

Esto solo podía ser una fatal coincidencia o una horrible pesadilla.

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