Mundo ficciónIniciar sesiónAnastasia.
—No. J-Jamás —mi voz se quebró—. Y no quiero tener que ver con usted ni con su hermano. ¡Ábrame la puerta!
No podía volver a ver a Lucius. No podía tener ninguna conexión con él.
Me levanté, la silla chirrió, me giré para irme pero sus manos me atraparon. Sentí cosquillas en mi espalda. Casi perdí el equilibrio cuando me tomó, pegándome contra la mesa de metal.
Mi corazón se aceleró. El calor aumentó en mis mejillas al tenerlo inclinado hacia mí. Apreté las manos contra el filo de la mesa. Una de sus piernas estaba entre las mías. El rostro frío o indiferente que llevaba antes cambió.
Volvió a darme esa mirada.
Hambre.
Una de sus manos estaba en la mesa, la otra en mi cintura, apretando.
No podía ni siquiera moverme. Quería que me tomara de nuevo, como aquella noche. Y me odiaba por eso.
Respirando, intentando mostrar que no me afectaba, hablé.
—Quítese de encima, señor Vane.
Pero para mí mala suerte no lo dije completamente segura. Más bien lo dije mirando sus labios. El silencio entre nosotros se volvió pesado, igual nuestras respiraciones.
—Dígame que no… y me aparto —dijo con su tono grave, inclinándose más para acercarse a mi oído, y me besó allí.
El hormiguilleo creció en mi interior. Cerré los ojos, apreté el metal. Necesitaba salir de allí.
Había hecho una promesa, yo…
—Uhm…
Chupó el lóbulo de mi oreja, su lengua pasó desde allí por toda mi mejilla hasta dejar un leve beso en mi mentón. Apreté las piernas. Su mano que estaba en la mesa fue a mi cabello y desató la gancheta, haciendo caer mis rizos alborotados. Me miró con sus ojos dilatados.
—No puedo dejar de pensar en su voz gimiendo mi nombre —declaró. Jadeé. La mano en mi cintura bajó, se metió por debajo de mi blazer y blusa, tocando mi ombligo, lo que me hizo entreabrir los labios y soltar un suspiro tembloroso—. Sí. Lo quiere. Tanto como yo…
Incliné el cuello, anhelando sentirlo. Y lo próximo que sentí fue su boca devorándome.
Comenzaba a odiar lo que este hombre me causaba; hasta el punto de hacerme olvidar la verdadera razón por la cual era un peligro tenerlo cerca de mí.
Estaba perdida. Realmente pérdida.
De un momento a otro, y sin que pudiera procesarlo del todo, yo misma me estaba quitando el pantalón junto a mi panty. Él me ayudó a terminar de tirarlo a un lado. Mis manos fueron a su correa, esta terminó en el suelo.
Estaba tan molesta. Y tan caliente.
El tiempo pasaba entre lento y rápido a mí alrededor, con el peso del calor por todas partes.
Mis ojos furiosos se clavaron en los suyos, él gruñó mientras me miraba con lujuria. Me hizo envolver mis piernas en su abdomen y me penetró sin más.
Contuve el aliento. El calor subió como una bomba desde mi núcleo hasta mis senos, mi garganta, mi mente. Todo se nubló.
El gemido agudo que salió de mí lo incitó a aferrar una mano en mi espalda baja, nos empujó. La embestida me hizo enterrar las uñas en su saco perfecto en la altura de sus hombros. Comencé a quitárselo. Todo.
Necesitaba tocarlo.
No era yo misma. Era como una si una fuerza superior, maligna, ansiosa, sedienta, estuviera controlando mi cuerpo.
Y estaba mal. Demasiado. Pero no me saciaría pronto.
Su pecho salió a la luz y gemí. Sus tetillas eran de un rozado delicado, sus músculos tan formados como duros, vellos rubios lo adornaban, una línea recta por todo su abdomen que me llevaba al pecado.
Comencé a tocarlo con caricias aceleradas, sintiendo mi placer aumentar. Su otra mano voló a mi cabello rizado, lo envolvió en sus dedos, apretando. Me llevó cerca de su boca, nuestros labios se rozaron, su respiración caliente me golpeó. Entreabrí los labios, jadeando ante sus penetraciones lentas pero fuertes. Eso lo descontroló.
Me sostuve rápido de su cuello cuando abandonó mi cabello. Me levantó de la mesa, sosteniendo mis ante muslos con sus fuertes brazos, y comenzó a penetrarme así, como una máquina imparable.
«Esto… No puede estar pasando», pensé, aturdida por la entrega.
Pero se sentía tan bien.
Sus gemidos masculinos y nuestra unión explosiva me elevaron. Mis tacones volaron hacia los costados. Perdí el conocimiento del tiempo mientras intentaba no soltarme de su cuello. Sudábamos como si estuviéramos en un spa, y pude saborearlo al acercarme a su hombro y lamerlo, por impulso; sal y sándalo, una delicia.
Comenzaba a cuestionar su fuerza, parecía que llevábamos horas, y quería más, hasta que sentí las cosquillas tortuosas expandirse en todo mi coño, y explotar.
Hundí la nariz en su cuello, gritando por el placer maravilloso que me envolvía. Mis piernas se sacudieron.
Él salió de mí, mascullando algo. Me quejé ante su falta. Pero me recostó de la mesa y se agachó a la altura de mi vagina. Su lengua y sus dedos hicieron estragos, alargando el clímax y haciéndome arquear. Apreté mis senos sobre la blusa mojada de mi sudor y el suyo, y solté un grito ahogado. Mis pies se entumecieron. Vi luces de colores y luego… calma.
Solo mi respiración agitada y la ansiedad en mi pecho.
No quería abrir los ojos. Mi ansiedad comenzó a transformarse, en rabia, en arrepentimiento, humillación, vergüenza. Todo vino de golpe.
Pero él no había acabado.
—Míreme, Anastasia.
Sentí mi cuerpo saciado cosquillear. Abrí los ojos, me recosté de mis codos, y lo vi a mi lado, con su gruesa polla dura y brillosa de mis jugos a la altura de mi boca.
Con el corazón palpitando con fiereza lo miré.
Quería sentir esa polla en mi boca, tomarlo.
Pero era demasiado tarde. La adrenalina del momento se había acabado. Y por más que quisiera hacerlo, sabía que era hora de irme.
Tragué hondo, desvíe la mirada y llevé mis piernas temblorosas al suelo. Podía escuchar su respiración agitada mientras me agachaba para recoger mi pantalón, mi panty.
Lo sentí detrás de mí. Su polla punzando mis nalgas. Casi me abrí para él de nuevo, pero ya la molestia dominaba, para con él y conmigo misma por dejarme llevar por mi lado primitivo después de todo lo que sabía.
Entonces me apresuré, aunque con manos temblorosas, a vestirme y ponerme los tacones, sin verlo a la cara. Respiré profundo y me decidí a mirarlo. Él estaba extremadamente rojo, vistiéndose. Seguro que no se rebajaría, pero sabía que su polla estaba doliendo como un infierno por su expresión y lo dura que se veía bajo sus pantalones.
En cuanto se paró recto, puse mi mejor cara fría.
—¿Cómo se siente ser usado, señor Vane? —cuestioné.
Esperaba que él refutara, pero solo prensó su dentadura. No me quitó la mirada de encima mientras decía con voz ronca:
—Desbloquear la puerta de sala de juntas para todo el personal.
Mi pecho agitado no se controló.
Le di una última mirada, con tantas cosas que decirle, pero hui. Puse el carnet en el lector y salí de allí con las piernas temblorosas. Entré al ascensor y mientras las puertas se cerraban, lo vi, mirándome.
En cuanto estuve sola exhalé, profundo. Tenía ganas de llorar, de golpear algo.
Pero Demonios. Había sido el segundo mejor sexo de mi vida. Mi coño estaba dolorido pero satisfecho.
Había algo malo en mí en cuanto a él se trataba. Eso era seguro.







