Mundo ficciónIniciar sesiónAnastasia.
Ese mismo día solo terminé duchándome, intentando borrar lo ocurrido. De repente, tuve el presentimiento de que ese hombre me podría estar vigilando como lo hacía Lucius, así que volví el lugar patas arriba, buscando cámaras, algún dispositivo de audio. Y al no encontrar nada, me tumbé en la cama.
Tenía sus ojos azules dilatados como flashes en mi cabeza. Y lo peor no era recordarlo… era que mi cuerpo se alteraba por ello.
Mi corazón dio un vuelco.
La pastilla de emergencia. No había acabado dentro de mí, pero sabía que eso no era impedimento.
Con un grito ahogado en la almohada, sintiendo las lágrimas en mis ojos por la frustración, pedí un delivery a la farmacia. Luego me encontraba agendando una cita con una ginecóloga recomendada en redes sociales. No porque tuviera planeado volver a estar con Leónidas, sino por mi propio bienestar.
No podía permitir tener un hijo en ese momento de mi vida. Mucho menos con él.
Tras recibir el pedido, tomé la pastilla, y el día simplemente se fue, intentando planear lo que debía hacer con mi vida.
No determinarlo no era opción. El hombre me tenía atrapada. No hubo amenaza sobre revelar mi identidad como se lo había dicho a Sabrina.
Él decía haberme protegido. Y aunque había cierta razón en eso, no quitaba el hecho de que me buscaba para destruir a Lucius.
Él se lo merecía. Pero no usaría lo que había trabajado con tanto esfuerzo como Stacy para eso.
…
La mañana siguiente no hubo un correo, pero sabía que debía ser responsable con mi nuevo y forzado empleo.
El chofer me estaba esperando, debí suponerlo. En cuanto le pregunté cómo se llamaba y si era mi chofer personal, solo dijo: sí. Era seguro que Leónidas le había ordenado no hablarme.
Al llegar a la Academia Rembrandt solté un suspiro. Fui amable con todos. Le pregunté a la recepcionista si sabía dónde estaba mi oficina. Ella frunció el ceño, pero me indicó.
En el piso presidencial.
Por supuesto.
Sacudí un poco mi cuerpo después de entrar al ascensor, despejando las cosquillas en mi estómago.
Llegué al piso, caminé apresuradamente por el pasillo. Mis tacones resonaban con nada paso. Al encontrar la puerta con el nombre “Coordinadora” me adentré y cerré la puerta detrás de mí.
Casi grité cuando las luces apagadas se prendieron de repente.
Todo lo que necesitaba para trabajar estaba allí, y suspiré aliviada al no encontrar sorpresas.
Sin nadie quien pudiera explicarme el procedimiento o más de todo esto era algo complicado. Estaba por salir cuando tocaron la puerta, mi corazón se detuvo; sin embargo se escuchó la voz de una chica. La dejé pasar, se presentó como la secretaria de Leónidas.
Y gracias al cielo por ella. El resto de mi mañana fue productivo poniendo realmente al día mientras sentía el peso en mis hombros aumentar.
Regina, la secretaria, me invitó a almorzar. Acepté. Me recomendó un restaurante y le pedí a mi chofer sin nombre que nos llevara.
No obstante, en cuanto llegamos allí, noté algo. Ya teníamos una reservación.
Ella se sentó a mi lado, mencionó ir al baño, y cuando me di cuenta…
Leónidas se estaba acercando a mi mesa, luciendo un traje gris ajustado.
Mi corazón retumbó en pánico. Apreté el puño sobre la mesa.
Había caído en otra trampa.
Él se sentó, con una media sonrisa.
—¿Ordenamos…? ¿O va a huir otra vez?
Si las miradas mataran, él habría estado a unos cuantos metros bajo la tierra. La impotencia que sentía por su poder sobre mí, hervía en mi sangre.
Sin embargo, no podía evitar que mis pensamientos pecaminosos me recordaran lo que se encontraba debajo de ese traje gris plomo.
Y lo odiaba mucho más.
Lo barrí con la mirada, y asentí. No dejaría que viera lo rápido que me hacía perder el control. El día anterior solo… Había sido un arrebato por la rabia, y por la increíble noche de la fiesta de disfraces, pero este día… Este día no tenía que ser como los demás.
No debía serlo. No otra vez.
Como el restaurante era sofisticado y moderno, había una pantalla en los extremos, allí pude pedir mi orden. Y como estaba segura de que él iba a pagar, ordené los platos más costosos.
No es como si no pudiera pagarme algo así, de hecho, podía pagarle el almuerzo a todos los presentes y eso no iba a afectar mi cuenta bancaria. Llevaba mucho tiempo creando mi fortaleza monetaria gracias a mi arte; pero quería ver si acaso mencionaba algo al respecto.
Por el tamaño de su fiesta la otra noche, ser director de múltiples academias de arte a nivel internacional, de seguro no sería ni un grano de arena para él.
Mis pensamientos se fueron de un lado a otro, luego cuestionándome cómo es que jamás vi a Leónidas en algunas fotografías o escuché su nombre en mis dos años de matrimonio con Lucius.
—Espero que Regina haya sido de ayuda, ¿qué tal su primer día? —me cuestionó, casual.
Bebí del agua que nos dieron los meseros mientras tanto, y asentí.
—Tal vez me cueste adaptarme un poco, señor Vane. No estudie nada que tenga que ver con el manejo de una empresa. No estoy apta para el cargo —expresé, intentando sonar calmada mientras su mirada azulada me consumía por dentro—. Pero ya que parece que no me dejará ir, haré mi mejor esfuerzo. Después de todo, no poseo una pizca de maldad para cuando del arte se trata, como otros…
Desvié la mirada hacia otro lado, disimuladamente. Con eso último me estaba refiriendo a él. Quería que usara mi talento para vengarse de Lucius.
Eso también estuvo en mi mente. Cuál era la necesidad de Leónidas de vengarse de su hermano. ¿Lucius le había hecho algo tan grave? No podría ser solo por mí y las otras víctimas, eso era absurdo.
Para cuando volví la vista a él, me abrumé. Estaba más serio que nunca.
—Señorita Everhart —comenzó, con tono que me hizo cruzar las piernas bajo la mesa—. Ayer no me dio la oportunidad de explicar mis verdaderas intenciones para con su… secreto. —Se inclinó un poco, mi mirada bajó a sus labios inconscientemente—. Le dije que no soy como mi hermano. Usted no necesitará usar sus bonitas manos ni su maravilloso talento para ejecutar mi plan de venganza.
Ante eso, levanté la mirada de nuevo, encontrándome con un brillo especial en sus ojos.
Crucé los brazos, como si pudiera ocultar con eso mi respiración un poco descontrolada.
—No entiendo a qué se refiere, señor Vane. Y la verdad, tampoco me interesa escucharlo: tengo hambre.
El rubio movió la cabeza a un lado y asintió, respetando eso.
Nuestro almuerzo llegó pocos segundos después, lo cual agradecí. Me di cuenta que había ordenado exactamente lo mismo que yo, ¿cómo? No supe. Solo comí en silencio, pensando en todas las preguntas que quería hacerle pero debía callarlas para no descontrolar más la situación.
Él nunca apartó la mirada de mí, ni siquiera mientras comía. Entonces mis pensamientos se desviaron, perdiéndose por un segundo en cómo sería volver a dejarme llevar por lo que necesitaba de él.
Vi de reojo cómo se limpió el labio con una servilleta, tomó jugo y exhaló.
—Entonces, ya que no quiere escuchar mi plan y tampoco le apetece hablar del trabajo… —Sonrió un poco, me ericé—. ¿Qué hay de nosotros?
Recibí una punzada. Casi me atraganté con el postre. Tras unos cuantos tragos de agua, lo miré. Mis mejillas ardían.
—¿De nosotros? Por favor, señor Vane… —Arrugué la cara, fingiendo desinterés, pero tardé demasiado en volver hablar bajo su mirada profunda—. Un par de encuentros casuales no hace un “nosotros”…
Eso lo hizo alzar las cejas, interesado.
—¿Cuántos entonces?
Tenía una mirada hambrienta. Pasé la lengua por mis labios resecos.
—¿De qué habla?
Él se inclinó, sentí las cosquillas en mi espina dorsal, y entonces respondió de forma seductora:
—Sabe ocultar muy bien su fama, señorita Everhart, pero su cuerpo cerca de mí… No es muy discreto que digamos.
La presión me subió.
Me levanté de inmediato de la mesa, indignada, alterada.
Miré a todos lados, con la respiración agitada. La gente dejó de comer para verme.
Demonios. Le estaba demostrando que sí me afectaba, y estaba perdiendo el control, pero tenía que salir de allí antes de que me pudiera acorralar en algún lugar y mi cuerpo indecoroso me hiciera perder el juicio.
—Gracias por el almuerzo, señor Vane. Que tenga feliz tarde.
Logré hablar con firmeza, pero podía sentir el calor descendiendo.
Su rostro se contorsionó un momento, luego volvió al gesto algo frío, se paró y casi corrí.
Las personas no apartaban los ojos de nosotros. Lo escuché decir algo a alguien, pero solo me abrí paso por las puertas de vidrio.
El sol cálido junto a una tranquila brisa me golpeó la cara.
Cerré los ojos un instante, intentando controlarme, cuando, de repente, lo escuché.
—Espera… ¿Anastasia?
Mi corazón se congeló.
Esa voz…
La reconocería incluso en el infierno.
Todo lo que pude haber sentido por causa de Leónidas… desapareció.
Lucius Vane estaba frente a mí, al lado de una mujer joven, pero mirándome, con sorpresa.
Mis pies no respondían, mis manos comenzaron a temblar, haciendo que las uniera para controlarlas.
Pude sentir el pánico de mi pasado, las consecuencias cada vez que no hacía algo que le gustara. Su correa azotando mis manos… Sus gritos.
El hombre que me hizo vivir un infierno para su placer y su fama.
Mi verdugo.







