El timbre insistía con su canto metálico, una cacofonía que se clavaba en la quietud de la noche como una espina. Beltaine sentía cómo el sonido se enredaba en sus oídos, una melodía que no tenía cabida en el silencio sagrado de la madrugada.
—¡Ya voy, por las barbas de Merlín!—exclamó con un gruñido que brotaba de lo más profundo de su ser, mientras se debatía en un mar de sábanas que parecían querer retenerla en su lecho—. ¿Quién se atreve a perturbar mi descanso?
La respuesta fue un vacío ab