Cuando él desayuno estuvo listo, se sentaron a comer.
El abuelo no paraba de hablar de su juventud. De cuando había viajado a África y visto leones, elegantes y jirafas.
Dominic escuchaba sus historias con los ojos abiertos a más no poder, mientras chata miraba sus huevos revueltos con desagradado.
—¿Que sucede, querida?- increpó el abuelo.- ¿no te apetece lo que preparó mi nieto?
—La verdad es que no.- protestó ella.- Oscar le puso perejil. Y yo adiós el perejil
Oscar sonrió.
Y su hijo comenzó