El silbido de la pava interrumpió el monólogo interno de Damián. Apagó el fuego de inmediato, agradeciendo el sonido mundano que lo traía de vuelta a la realidad. Sirvió el agua caliente sobre las hebras de té, observando cómo el líquido se oscurecía lentamente. Sus manos seguían firmes, pero el dolor sordo de los nudillos hinchados le recordaba que la línea entre el orden y el caos era sumamente delgada.
Tomó ambas tazas y regresó al living a paso lento, recuperando su máscara de control.
Vale