Capítulo 36. Rastros de fuego y ceniza
El timbre del teléfono fijo rasgó el silencio helado de la mañana con la precisión quirúrgica de un bisturí.
Damián, que apenas había logrado sentarse al borde de la cama, dio un brinco involuntario. Atrapó el auricular en el segundo repique para evitar que el sonido despertara nuevamente a la nena.
—¿Hola? —su voz era un raspón ronco.
—Damián, soy Agustín.
El tono de Agustín Rossi rompió el aire con una gravedad seca, carente de cualquier cortesía de etiqueta. Damián se incorporó al instante,