Capítulo 35. Eco de placer, eco de choque
La noche helada de Vicente López no solo traía aire cordillerano y hojas secas rodando por el asfalto; traía también un veneno añejado que consumía por dentro a Patricia Albarracín.
Cerca de la entrada de la casa de Damián, oculta tras el frondoso follaje de un liquidámbar y acurrucada en la penumbra de la acera de enfrente, Patricia tiritaba de rabia. Se acomodó los anteojos sobre el puente de la nariz con dedos rígidos por el frío, reviviendo la humillación de haber sido ignorada por el timbr