Capítulo 34. Distancia obligada
Pasaron unos diez minutos que se sintieron eternos. En la penumbra del dormitorio, el único sonido era el murmullo acompasado de la respiración de Catalina, que finalmente había caído en un sueño profundo.
Durante todo ese tiempo, Damián no soltó la mano de Valeria. Sus dedos siguieron entrelazados en la oscuridad, en un contacto firme y silencioso que servía como el único ancla en medio de la marea de adrenalina y tensión que dominaba la habitación.
Asegurándose de que la niña no volvería a de