162. UN COMIENZO
Por su parte Fenicio avanzó para sentarse en los asientos al lado de donde Mía iba con Azucena. Mía, miraba nerviosamente a Fenicio tratando de entender que pasaría cuando llegaran a Santa Mónica. Al notarlo, él le hizo una seña para que se sentara a su lado. Ella obedeció después de cubrir a su madre con una manta.
Fenicio la miró durante un rato sin decir nada, lo que provocó que Mía se ruborizara y sonriera nerviosamente. Finalmente, él habló.
—Vivirás en mi casa si aceptas —dijo Fenicio.