Mariana Carbajal
Acomodo mis guantes con movimientos precisos, como si en cada ajuste pudiera aislar cualquier pensamiento que intente colarse en mi mente. El mundo exterior se diluye; solo queda el latido constante de mi propia respiración.
—Mariana —la voz irrumpe en mi concentración—, no debes entrar así al ring. Es peligroso.
—Estaré bien, tía Eliza —respondo sin mirarla.
Ella niega de inmediato, con el ceño fruncido, preocupada.
—No, no estás bien. Por favor, escúchame un momento. Perder l