Mariana Carbajal
El resto del día mi mente permaneció envuelta en una bruma espesa. Caminaba, asentía, incluso respondía cuando alguien me hablaba, pero en realidad no estaba ahí. Todo a mi alrededor sucedía como un murmullo lejano, irrelevante. Las voces existían, los gestos también, pero mi cerebro era incapaz de procesarlos.
Cuando por fin salí de la oficina de Denn, me dirigí casi en automático al departamento de arquitectura. No sabría decir cuánto tiempo había pasado desde entonces, aunqu