La mañana en la villa toscana no podía ser más idílica. El sol entraba a raudales por los ventanales del gran salón rústico, iluminando las motas de polvo que flotaban en el aire y el olor a café recién hecho que subía desde la cocina de Maria. Sin embargo, en el centro de la habitación, la paz brillaba por su ausencia.
Ava estaba sentada en un sillón de mimbre, con las piernas en alto y una taza de té entre las manos, observando la escena con una mezcla de ternura y una diversión que le costab