El nerviosismo atacó todo el cuerpo de Leila de manera violenta e inclemente.
Las pulsaciones le retumbaban en los oídos con la fuerza de un martillazo, y una marejada de frío glacial se extendió desde la punta de sus dedos hasta el fondo de sus entrañas.
Había pasado demasiado tiempo encerrada entre las paredes estériles y despiadadas de una celda de prisión, pagando injustamente por un crimen que jamás cometió, como para permitir que la volvieran a cuestionar, acorralar y amenazar por otro