Leila se agarró la garganta con la mano temblorosa, sintiendo que el aire se negaba a pasar hacia sus pulmones.
La sensación física de una cuerda invisible apretándose de forma implacable a su alrededor se sentía demasiado real, sofocándola en medio del silencio repentino que había dejado la partida de Robert.
Las paredes de la panadería, que apenas unas horas antes le parecían el símbolo de su independencia recuperada, ahora se sentían como los barrotes de una celda a punto de cerrarse sobre