—Tranquilízate, Leila. Ya vienen —le advirtió Delia en un susurro apresurado, cargado de una tensión nerviosa que solo aumentaba la asfixia general.
Pero no había absolutamente nada que Leila pudiera hacer para contener el torrente que la desbordaba desde el centro del alma.
Estaba completamente desconsolada, arrasada por un dolor tan colosal que no encontraba consuelo en la lógica ni en la madurez.
La única vez que había sentido una agonía de semejante magnitud en toda su existencia fue el d