Ashary miró su mano. El líquido blanquecino que allí descansaba no le daba vergüenza como en el pasado, pero tampoco se sentía del todo cómodo. El lugar donde estaba, la razón por la que había tenido la erección, las condiciones por las que se había excitado, y ni siquiera quería mencionar que para correrse había tenido que recordar como cierta voz decía su nombre contra su oreja.
De solo pensarlo su rostro se ponía rojo. Ah, se iba a volver loco. Ni él mismo sabía que su cuerpo podía llegar a