La noche se alzaba fría y silenciosa mientras un convoy de vehículos negros avanzaba hacia el galpón situado en las afueras de la ciudad. El lugar, apenas iluminado por unas pocas luces de seguridad, era el último bastión operativo de Diego Ruffo. Enzo, al frente del grupo, observaba con frialdad a través del cristal del auto. Roque, sentado a su lado, revisaba el plano del lugar una última vez.
—Es el último —dijo Roque, rompiendo el silencio.
—Lo vamos a destruir —respondió Enzo, con la voz f