La noche envolvía la mansión Bourth, pero dentro del auto estacionado en la entrada, el ambiente era denso y cargado de emociones. Amatista, con las muñecas vendadas y el rostro marcado por los golpes, intentaba mostrar serenidad, aunque su cuerpo dolía con cada pequeño movimiento. Mateo, sentado a su lado, no podía ocultar su preocupación.
—De verdad, estoy bien, Mateo —aseguró ella, intentando esbozar una sonrisa que no alcanzaba sus ojos.
Mateo negó con la cabeza, sin apartar la mirada de la