DAMIAN
Había mirado el teléfono demasiadas veces en menos de veinte minutos, lo suficiente como para empezar a sentirme ridículo, aunque no al punto de dejar de hacerlo. Lo apoyaba sobre el escritorio, abría cualquier archivo en la computadora para fingir que seguía trabajando y, unos segundos después, terminaba buscándolo otra vez casi sin darme cuenta.
El último mensaje de Isabella seguía allí, corto, simple, sin nada que permitiera adivinar demasiado:
—Entraré a una reunión con Sarah.
Despué