ISABELLA
Dos años después
Londres había terminado convirtiéndose en un lugar mucho menos frío de lo que imaginé el día que bajé de aquel avión.
No porque hubiera aprendido a querer la ciudad, sino porque había dejado de compararla con todo lo que había perdido.
Los primeros meses fueron insoportables. Me limitaba a trabajar, volver al departamento y dormir lo suficiente para repetir exactamente la misma rutina al día siguiente. Había noches en las que despertaba convencida de que seguía en aque