ISABELLA
Salí de la clínica abrazando la carpeta contra mi pecho.
Durante el trayecto hasta la oficina no dejé de sonreír.
Era una sensación extraña.
Hacía años que no experimentaba una felicidad tan sencilla, tan limpia, tan parecida a la esperanza. Cada vez que el semáforo obligaba al automóvil a detenerse, mi mano terminaba, casi por instinto, sobre el vientre. Todavía no existía ninguna diferencia visible. Ni siquiera podía llamarlo bebé. Apenas era una pequeña vida que comenzaba a abri