ELENA
Sarah se había marchado hacía apenas unos minutos, pero su voz seguía resonando en mi cabeza como un eco imposible de apagar. “Los vi esta mañana”, me dijo, y esas palabras se quedaron incrustadas en mí como una espina. Cerré los ojos, intentando que se desvanecieran, pero cuanto más lo intentaba, más fuerza cobraban.
Me quedé un instante de pie en medio de mi oficina, con la carpeta aún en la mano, sin saber qué hacer. El aire parecía más pesado, como si cada objeto en la habitación me