DAMIAN
No sé cuánto tiempo pasó. Cinco minutos, media hora, una eternidad. El tiempo tenía una forma extraña de comportarse cuando la persona que amabas estaba al otro lado de unas puertas cerradas y nadie te decía nada.
Nico permanecía sentado al otro extremo de la sala de espera; a veces se levantaba, caminaba unos pasos, volvía a sentarse. Yo hacía exactamente lo mismo. Ninguno hablaba, ninguno tenía ganas de hacerlo, porque los dos estábamos esperando la misma cosa: que alguien saliera, que