ISABELLA
—No puedo irme antes de la hora solo porque olvidaste algo en casa, Damián.
Ni siquiera levanté la vista de la pantalla mientras seguía revisando unos documentos sobre la próxima junta directiva. Escuché sus pasos acercarse lentamente alrededor de mi escritorio y segundos después sentí sus manos apoyarse sobre los reposabrazos de mi silla, atrapándome prácticamente entre su cuerpo y la mesa.
—No olvidé “algo” —corrigió con calma—. Olvidé algo importante.
Solté una risa incrédula.
—Qué