ELENA
El almuerzo comenzó exactamente como había imaginado.
Y eso era lo peor.
Porque no había tensión.
No había discusiones.
No había señales de que algo estuviera mal.
Solo una familia compartiendo una mesa.
Solo Isabella sonriendo.
Solo Damian sentado a su lado.
Solo Emir observándolos con una satisfacción tranquila que me revolvía el estómago.
Durante días me había convencido de que aquel almuerzo sería el momento perfecto.
Tres días enteros preparándome.
Tres días imaginando las palabras.