REBECA
Tener a Héctor Stein sentado en mi comedor analizando mis notas mientras bebe un café que yo misma preparé, es la escena más doméstica y aterradora que he vivido en años.
Ya no lleva el saco, se remangó la camisa blanca hasta los codos, dejando a la vista unos antebrazos potentes que me distraen más de lo que estoy dispuesta a admitir. No es solo que sea guapo; es que tiene una forma de ocupar el espacio que me hace sentir que mi departament, y mi vida entera, son demasiado pequeños para