Mundo ficciónIniciar sesiónHEKTOR
Salí del edificio sintiendo que el aire me faltaba, me detuve en la acera, me ajusté el saco y respiré hondo mientras el rastro de sus dedos todavía quemaba en mi nalga derecha.
—Esa mujer está loca —mascullé en alemán, caminando hacia el auto negro donde Bruno me esperaba con una sonrisa de oreja a oreja.
Subí al asiento del copiloto y cerré la puerta con más fuerza de la necesaria. Bruno que ya estaba al tanto de la mitad de la historia por mi llamada anterior, soltó una carcajada que retumbó en todo el vehículo.
—¿Y bien? ¿Cómo estuvo la inspección técnica? —se burló Bruno sin poder contener las carcajadas.
—No es gracioso Bruno, me nalgueó, me hizo dar vueltas como si fuera un maniquí de oferta y luego decidió que la mercancía era de primera —me pasé una mano por el rostro, frustrado—. Soy el CEO de Stein & Asociados. He negociado contratos de distribución con tiburones de Hollywood, he cenado con ministros en Berlín y ahora... ahora soy un novio de alquiler para una boda en Monterrey porque una escritora de novelas eróticas cree que trabajo para una agencia de acompañantes de lujo.
—¡Es la mejor oportunidad de tu vida, Héctor! —insistió Bruno, arrancando el coche—. Piénsalo con la cabeza fría. Llevamos seis meses tratando de localizar a R. Zambrano. Es la autora más esquiva del mercado, si logramos que firme con nosotros antes que N*****x, nuestra productora salta a la primera división y ahora ella te acaba de abrir la puerta de su casa, de su vida y aparentemente de su boda familiar.
—Es un fraude, me pidió que firmara documentos, cree que soy un actor que necesita dinero.
—Pues actúa hermano. Eres alemán, la disciplina la llevas en la sangre. Gánate su confianza, averigua qué es lo que realmente quiere para su historia y cuando sea el momento justo, le pones el contrato de la película enfrente.
Me quedé mirando por la ventana las calles de la Condesa, Rebeca Zambrano no era lo que esperaba. En sus correos —los pocos que sus editores dejaban pasar— se percibía una mujer estructurada y profesional. En persona era un torbellino de sarcasmo, cabello castaño desordenado y una mirada miel que parecía analizarte y burlarse de ti al mismo tiempo. Y ese gato... ese gato naranja me miró como si supiera exactamente que soy un mentiroso.
—Me puso una condición —dije, recordando su voz—. Quiere que Mandarino me apruebe.
—¡Perfecto! Bájale un poco a la frialdad, tienes que parecer un hombre enamorado, no un contador con un palo metido en el cu...
—No sé cómo se hace eso, Bruno.
—Aprenderás. Mañana tienes que volver ahí, dijiste que querías acceso total, ¿no? Pues aprovéchalo.
Al día siguiente a las nueve en punto, estaba de nuevo frente a su puerta. Esta vez opté por un pantalón de vestir oscuro y una camisa blanca de botones, sin corbata.
Toqué el timbre, un segundo después la puerta se abrió y Rebeca apareció con una taza de café en la mano y una playera tres tallas, más grande que ella.
—Puntual. Me gusta —dijo, haciéndose a un lado—. Pásale, Mandarino está de humor para juzgarte hoy.
Entré y me senté en su sofá, tratando de ignorar el hecho de que había una montaña de libretas, Rebeca se sentó en la mesa frente a mí, cruzando sus piernas largas.
—Bien, hoy empieza el entrenamiento —sentenció ella—. Necesitamos una historia de origen que nadie pueda romper. La tía Chayo es como un sabueso para las mentiras, si titubeas sobre cómo nos conocimos, estamos muertos.
—Entiendo. ¿Cuál es la versión oficial? —pregunté, sacando una pequeña libreta para tomar notas, necesitaba que viera que soy meticuloso.
—Nos conocimos en una galería de arte en la Ciudad de México. Una exposición de fotografía abstracta —empezó ella, gesticulando con las manos—. Tú estabas mirando una foto de una mancha roja y yo te dije que parecía una sandía aplastada, te reíste y me invitaste un trago.
—Es poco probable —la interrumpí—. No me interesa la fotografía abstracta y rara vez me río de comentarios sobre frutas.
Rebeca rodó los ojos y se acercó a mí, invadiendo mi espacio personal. Se inclinó sobre el sofá, apoyando las manos en el respaldo, justo al lado de mi cabeza.
—Escúchame bien, aquí la escritora soy yo, tú solo eres el rostro bonito y el cuerpo de infarto que voy a presumir. Mi familia espera que esté con alguien culto y sofisticado, pero que yo haya domado. Así que te reíste porque mi frescura te cautivó, ¿entendido?
La miré a los ojos, estaba tan cerca que podía ver las pequeñas motas doradas en su iris, su perfume era algo dulce, como vainilla, pero con un toque cítrico que me resultaba extrañamente adictivo. Mi instinto profesional me decía que me alejara, pero mi cuerpo se quedó estático.
—Entendido —respondí con la voz más baja de lo que pretendía.
—Bien, ahora lo más importante: el contacto físico.
Me puse rígido.
—¿El contacto físico?
—Sí, no podemos llegar a Monterrey y parecer dos extraños que comparten un taxi. Tenemos que vernos... hambrientos el uno del otro o al menos, tú de mí. Javier siempre me decía que los hombres como tú son posesivos, así que quiero que practiquemos cómo me tomas de la cintura.
Se puso de pie y me hizo una señal para que me levantara. Me puse frente a ella.
—Pon tus manos en mi cintura, con firmeza, como si fueras dueño del lugar y yo fuera tu posesión más valiosa.
Tragué saliva y extendí mis manos, rodeé su cintura, la tela de su playera era delgada y pude sentir el calor de su piel debajo. Era pequeña, pero firme. Mis dedos se hundieron ligeramente en sus costados.
—Eso es —susurró ella, sin apartar la vista de mis ojos—. Pero tienes que acercarme más. No tengas miedo, no muerdo... a menos que me paguen por ello.
Me molestó que mencionara el dinero, que me recordara que ella creía que yo era un scort. La atraje hacia mí con un movimiento brusco, eliminando el espacio entre nuestros cuerpos. Su pecho rozó el mío y pude sentir el latido acelerado de su corazón contra mi camisa.
—¿Así es suficiente, Rebeca? —pregunté, bajando la voz hasta que fue casi un gruñido.
Ella se quedó muda. La chispa sarcástica en sus ojos se apagó por un momento, reemplazada por algo oscuro, su mano subió lentamente por mi brazo hasta apoyarse en mi hombro.
En ese momento, Mandarino saltó desde el librero directamente hacia mis hombros, clavando sus garras en mi espalda para no caerse.
—¡M****a! —exclamé, rompiendo el abrazo mientras trataba de quitarme al gato volador sin salir herido.
Rebeca soltó una carcajada limpia y sonora, de esas que te calientan el pecho sin que te des cuenta.
—¡Parece que Mandarino ya te dio su bendición! —dijo ella, tratando de recuperar el aliento—. Pero tienes que trabajar en esa cara de susto, los millonarios alemanes no le temen a los gatos.
—Mañana seguiremos con el entrenamiento, Rebeca —dije, caminando hacia la puerta antes de cometer una estupidez.
Salí de ahí con el corazón martilleando. Había aceptado este trato para conseguir una película, pero mientras bajaba las escaleras, lo único que podía pensar era en la sensación de su cintura bajo mis manos y en el hecho de que me faltaban seis días para tener que besarla frente a su familia.
Esto era una trampa y yo estaba cayendo de cabeza en ella.







