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Rebeca no negó mi afirmación; no podía, su respiración agitada y la forma en que sus pupilas se dilataban al verme parado ahí, con el torso desnudo y la evidencia de mi deseo marcándose agresivamente en mi pantalón, eran la única confesión que necesitaba.
—¿Qué me estabas haciendo en ese sueño, Rebe? —solté, y mi voz sonó como un rugido conte







