Me quedé inmóvil por un instante, sin siquiera alcanzar a observar el lujo de la habitación privada. Toda mi atención estaba ocupada por la figura del hombre frente a mí.
Carlos y yo estábamos tan cerca que nuestros cuerpos se tocaban, y nuestras caras estaban a escasos centímetros. Podía distinguir claramente la sombra de su barba incipiente, que bajo la extraña iluminación de la sala adquiría un tono azulado.
El aroma de su cuerpo ya no era el café que tanto me gustaba antes; ahora estaba im