Pensé por un momento y me di cuenta de que, entre Carlos y yo, realmente no había un odio profundo.
El verdadero problema siempre había sido la presencia de otras mujeres entre nosotros, algo que no podía tolerar ni aceptar.
Carlos, tal como era, no era alguien con quien pudiera estar. Por más que lo amara, tenía que dejarlo ir.
Retrocedí con un empujón deliberado, pillándolo desprevenido y obligándolo a dar unos pasos hacia atrás. Mi decisión estaba tomada: iba a salir de ahí. Ese lugar era