La embarazada se quitó las zapatillas con evidente molestia, lanzándolas al suelo de la habitación con un golpe seco, pero todo el ruido se amortiguó con la alfombra. Se dejó caer en el borde de la enorme cama, masajeándose los tobillos hinchados. El embarazo ya pesaba en su cuerpo, y aquellos zapatos, aunque elegantes, habían sido una tortura durante la velada.
—Maldita sea… —murmuró, frotándose los pies—. Éramos bastante felices en Brasil… —dijo, más para sí misma que para él—. Allí podías c