Desde la ventana de su habitación, Ronan observaba su aldea con aquellos ojos grises que parecían hechos de tormenta. La habitación estaba casi a oscuras; solo una lámpara en su mesita de noche proyectaba un poco de luz a una parte de su aposento. El alfa permanecía de pie frente al ventanal, torso completamente desnudo, piel bronceada, marcada por aquellas runas de las dos maldiciones. Un pantalón oscuro colgaba peligrosamente bajo en sus caderas, revelando la línea profunda de los oblicuos y