El amanecer se derramaba sobre la aldea como un velo de luz pálida y gélida, tiñendo de plata la nieve acumulada en los techos de madera oscura. El aire cortaba la piel como cuchillos invisibles, cargado de ese silencio profundo que solo el invierno sabe imponer: ni un pájaro, ni animal se escuchaba.
La puerta trasera de la mansión alfa se abrió de golpe, con un chasquido seco que rompió la calma de la cocina.
Ronan entró desde luciendo que venía del bosque.
Su pecho subía y bajaba con