—Y sobre tu madre, mi señora.
El silencio que siguió no fue inmediato y progresivo, como si el templo mismo comprendiera el peso de lo que acababa de pronunciarse y, poco a poco, fuera apagando cada sonido: el roce de las túnicas, el crujir de la piedra, incluso la respiración de los presentes hasta dejar solo ese instante suspendido en el aire.
Lyra no se movió, pero algo en su mirada cambió. Aunque sutil, pero ahí estaba ese peligroso afilado en sus ojos azules.
—¿Mi madre? —repitió, más