La brisa del bosque aún se aferraba a su piel cuando Zadkiel regresó. Caminaba descalzo, con el cuerpo cubierto apenas por los pantalones oscuros que se había puesto para la fiesta. Las ramas se deslizaban entre sus hombros como si reconocieran su paso, y su respiración era pausada, controlada, pero el pecho aún le ardía.
Atravesó la parte trasera de la casa para buscar el silencio de su habitación, pero se detuvo en seco.
Allí, sentada en las escaleras del jardín trasero, estaba ella.
Briella t