—Creo que… debería irme —susurró Briella mientras se sentaba en el borde de la cama, recogiendo el lazo de su vestido del suelo.
La habitación estaba envuelta en una penumbra suave, apenas iluminada por la luz de la luna que se colaba por los ventanales. Zadkiel la observaba desde su posición, recostado con el torso desnudo entre las sábanas, su cabello rojo cayendo en mechones húmedos sobre su frente. Habían estado hablando durante horas, riendo por cosas pequeñas, compartiendo historias del p