Zadkiel se acerco al hombre moribundo escuchando como los latidos de su corazón eran cada vez más débiles.
—Su corazón va muy lento, pero sigue con vida —murmuró. Luego alzó el rostro hacia ella—. Hay que llevarlo con los sanadores. Ahora.
—¿Puede salvarse? —preguntó Briella, desesperada. Tenía las manos machadas por la sangre de su padre y las lágrimas se deslizaban por sus mejillas sucias sin control.
Zadkiel no mintió.
—Si llegamos a tiempo, sí.
Ella asintió, sin pensarlo dos veces
—Haré lo