El silencio del bosque era denso, interrumpido solo por el crujido de hojas bajo patas fuertes y la respiración acompasada de dos lobos que avanzaban con sigilo. Uno, imponente y cobrizo, tenía los ojos grises. El otro, más ágil y pequeño del mismo color, trotaba a su lado con la emoción vibrando en sus músculos jóvenes.
Zadkiel, ahora con veintiocho años, avanzaba sin vacilar, cada paso firme a pesar de la oscuridad eterna que lo rodeaba, Rhory, su lobo, era su vista, su guía, pero en ese mome