Un bajo gemido escapó de los labios de Calia al momento de alcanzar su orgasmo, seguido minutos después por el rey alfa, quien dejó pequeños besos esparcidos por su cuello, reconociéndola como suya en cada roce.
Se recostó junto a ella, sintiendo cómo Calia, buscando su calor, acomodaba su cabeza sobre su fuerte torso, dejando que el sonido firme y constante de su corazón la arrullara.
El amanecer llegó demasiado pronto.
Un golpe suave en la puerta los sacó de su momento íntimo.
Calia deseó,