74. Sí, sí quiero, claro que quiero.
Ravel se dio cuenta de eso en cuanto vio el rostro enamorado y sonriente de Bleid, al observar con esa devoción a su esposa caminando hacia él, para después estrecharle la mano al hombre que había jurado por mucho tiempo eliminar, tomando después de su mano, la mano de su luna.
Luego la feliz pareja se colocó frente al altar, con las manos entrelazadas, y eso no solo era algo bueno para Bleid Wolfang, sino también para el mismo Ravel.
Porque en ese momento el brujo tenía más que claro que su l