127. LOS DEMONIOS DE MI LUNA
KAESAR:
La noche se había adueñado del bosque, como un manto oscuro que cubría cada árbol, cada sombra. El aire se tornaba más pesado, impregnado de la magia que solía ser nuestro refugio. Mis garras se rasguñaban contra el suelo, resonando con cada paso como un eco ancestral, como si la tierra misma fuera consciente de nuestra misión.
El aire se tornó pesado y cargado de un olor metálico: sangre. No hacía falta concentrarme mucho para identificar que pertenecía a Kaela. Mi corazón se agitó, y