La campanilla de la puerta sonó con un tintineo leve, casi inocente, como si no supiera que estaba a punto de cruzar un campo minado emocional.
Clara alzó la mirada justo a tiempo para ver entrar a Gonzalo, seguido por Mateo. El estómago le dio un vuelco traicionero. Paula, que estaba tras la barra, soltó una risa ahogada y murmuró:
—Madre del amor hermoso, ¿qué comen para verse así?
Martina no fue más sutil.
—Yo no sé si quiero un bizcocho o que me horneen entre los dos —dijo en voz baja, sin a