Mundo ficciónIniciar sesiónLa música había terminado, pero la atmósfera seguía cargada de electricidad. La bachata nos había dejado pegados, con el calor de nuestros cuerpos mezclado y un hilo de deseo imposible de ignorar. Me acerqué a él sin pensar, y él no se apartó. Su mirada me atrapó, intensa, ruda y a la vez profunda, y no pude contenerme.
—Mm… —susurré, apenas audible—. No puedo… no quiero apartarme. Él sonrió, apenas perceptible, y dio un paso hacia mí, acercándose aún más. La distancia desapareció en un segundo, y pronto estábamos frente a frente, con su respiración mezclándose con la mía. La tensión que había estado creciendo durante toda la tarde se transformó en algo más tangible, más urgente. Nos besamos de inmediato, lento y profundo, dejando que cada movimiento hablara por nosotros. Sus manos descansaban sobre mi espalda, firme y seguro, mientras mis dedos se enredaban en su camiseta. Cada roce era electricidad pura, y sentí cómo el mundo alrededor desaparecía, dejando solo la sensación de él, de su cuerpo, de su calor y de su aroma. —Mm… —murmuré, mientras me inclinaba hacia él, pegando mi cuerpo al suyo—. Esto… esto es demasiado. Él no dijo nada, solo me rodeó con los brazos, atrayéndome más hacia él. Nuestros cuerpos se movían con naturalidad, buscando contacto en cada curva, en cada roce accidental que no era tan accidental. Su respiración en mi cuello, sus manos recorriendo mi espalda, y mis manos explorando sus hombros y pecho, nos hicieron perder la noción del tiempo. Me senté sobre él por un instante, acercando mi rostro al suyo, y nos besamos otra vez, más intenso, más cercano, mientras la tensión subía con cada segundo. Su cuerpo reaccionaba al mío de manera natural, firme, deseándome tanto como yo a él. No podía negar que me encantaba como me tocaba, como rozaba mi espalda y agarraba mi cintura, como me cogía del culo con esa seguridad y esa pasión, tanto él como yo teníamos ganas de cruzar límites. —Mm… —susurré entre besos, jadeando suavemente—. Te deseo… Él gruñó, rudo, y me abrazó con más fuerza, mientras nuestras piernas se entrelazaban un poco, buscando contacto y placer sin necesidad de palabras. Cada movimiento suyo era cuidadoso, intenso, provocador. Ninguno decía nada sobre límites, pero ambos sabíamos hasta dónde podíamos llegar sin cruzarlos. El tiempo pareció detenerse mientras nuestros labios seguían encontrándose, mientras nuestros cuerpos se acercaban y separaban apenas lo justo para aumentar el deseo. Cada roce, cada suspiro, cada movimiento era una declaración silenciosa de lo que queríamos, sin necesidad de nombrarlo. —Mm… —susurré para mí misma, mientras sentía su calor en cada parte de mi cuerpo—. Maldita sea… lo quiero tanto. Él sonrió contra mis labios, rudo y provocador, y me empujó ligeramente hacia atrás, haciendo que me recostara suavemente sobre el sofá. Me miró con esa intensidad que siempre me dejaba sin aliento, y volví a acercarme, besándolo otra vez, disfrutando de la sensación de tenerlo tan cerca. Nuestros cuerpos se movían al ritmo de un deseo contenido que no necesitaba música ni palabras. Cada roce era suficiente para que mis sentidos se desbordaran, y él lo sabía. Cada caricia, cada suspiro, cada pequeño gesto estaba cargado de intimidad y emoción, sin que fuera necesario más. —Mm… —susurré, sintiendo su mano en mi cintura—. Esto… es perfecto. Ya no podíamos aguantarnos, y yo dejé que siguiera, él me comenzó a bajar el pantalón pero sin despegarse de mi boca. Hasta que pasó lo que más esperaba, metió su mano debajo de mis bragas y empezó a hacerme los dedos más placenteros de toda mi vida, sabía cómo tocarme, en qué parte me gustaba, y eso me estaba volviendo loca. Era impresionante como con tan solo unos meses había podido estudiar tan bien mi cuerpo si tocarme y como ahora sabía hacerlo siendo la primera vez. Yo tampoco me aguantaba así que lo eche para atrás y le quité los pantalones, él tenía una erección que se veía a simple vista, pero había aguantado demasiado así que le cogí su miembro y empecé a saborearlo, cada parte de sus 20 centímetros, su glande y hasta sus huevos. Sabía que le gustaba porque no paraba de gemir, estaba siendo la mejor experiencia de mi vida y además con el, con el jefe que tanto odiaba, con el que me hacía la vida imposible cuando llegué, pero no podía evitarlo. Está buenísimo, tenía una tableta que hacía que mis piernas se abriesen de par en par, y tenía una polla que me hacía querer follar. Aunque aún no podía cruzar ese límite sí que disfrutaba comiéndole la polla. Estaba tan cachondo que no paso mucho tiempo hasta que se corrio en mi boca, ese sabor dulce del semen no lo olvidaré nunca. Para mi sorpresa no era el final, él estaba decidido a hacerme a mí correrme así que me cogió y empezó a comerme el coño. Su lengua en mi clítoris era lo más placentero del mundo, estaba a punto hasta que cogió y mientras me chupaba el coño me metía los dedos, yo tampoco tarde, solo había que verlo, ese pedazo de tío chupándome el coño. No aguante más y me corrí. Finalmente, nos separamos un poco para respirar, nuestras frentes apoyadas, respirando al unísono, y sonreímos con complicidad. No hacía falta decir nada. Todo lo que habíamos hecho, todo lo que habíamos compartido, nos había acercado más que nunca. —Mm… —susurré, acariciando su rostro—. Esto… tú… yo… no quiero que termine nunca. Él sonrió, rudo y seguro, y me abrazó de nuevo, pegándome a él. La noche estaba lejos de terminar, y aunque no habíamos cruzado todos los límites, ambos sabíamos que esto era solo el principio. Un principio cargado de deseo, de cercanía y de algo que ya no podíamos negar: nos queríamos, nos deseábamos, y no había vuelta atrás.






