97. Las mentiras tienen patas cortas
Amir no podía dar crédito a lo que sus oídos escuchaban mientras su mirada saltaba de uno a otro. Asad y Said se miraban con recelo, sus ojos cargados de una tensión palpable.
—Con permiso, necesito sentarme —dijo Asad, rompiendo el silencio con voz ronca. Se dejó caer en una silla al lado de la mesa, apoyándose en su bastón con gesto de agotamiento. Esa es la razón por la que he estado fingiendo...
—¿Fingiendo qué? —interrumpió Amir, su voz cargada de incredulidad.
—Fingiendo estar en coma —re