119. ¡No puedo quedarme aquí sin hacer nada!
Irina, con el corazón palpitando como un tambor desbocado y las manos convertidas en dos puños temblorosos, clavó su mirada en Sven. Sus ojos, llenos de lágrimas contenidas, suplicaban con la fuerza de su desesperación.
—Sven, por favor, te necesito. Llévame al aeropuerto. No puedo quedarme aquí, de brazos cruzados, mientras mi hermano está en peligro —imploró, su voz rota por la angustia que la consumía. Cada palabra era como un puñal clavado en su alma.
Sven la observó con seriedad, su rostro