CAPÍTULO 141
Resolución Maternal
Me senté en el borde de la cama, apretando instintivamente mi vientre con las manos, mientras la pequeña y frágil vida dentro de mí vibraba al ritmo de mi propio corazón. Las palabras de la llamada anónima, aún resonando en mis oídos, me quemaban como ácido en el pecho: «No traigas a un bastardo a la familia».
Sentía que se me aceleraba el pulso, el calor inundaba mis venas, la adrenalina agudizaba mis sentidos. El miedo intentó desgarrarme, pero antes de que pudiera apoderarse de mí, algo más surgió en su lugar: feroz, protector, inquebrantable. Mis dedos presionaron con más fuerza mi vientre, y mis labios susurraron una promesa a la pequeña vida dentro de mí.
«Nadie… nadie tocará a mi hijo».
Las palabras flotaban en el aire como una promesa, un escudo, una declaración. Cada miedo, cada incertidumbre, cada duda que había arrastrado durante las últimas semanas se cristalizó en una simple e inquebrantable verdad: protegería a este bebé. Nadie —ninguna